Un huerto para astronautas
Cuando la maestra de Kiri anunció un concurso de ciencias llamado «Ideas para el espacio», Kiri supo enseguida lo que quería construir. Los astronautas viven durante meses en una estación espacial y comen comida de sobres. Kiri pensó que seguramente extrañaban las verduras frescas y crujientes. Decidió diseñar un huerto diminuto para cultivar lechugas en el espacio.
Empezó con una caja de plástico transparente, una tira de lucecitas y unas cuantas semillas de lechuga. En la Tierra, eso sería fácil. Pero en el espacio casi no hay gravedad, la fuerza que hace que las cosas caigan. Kiri leyó que allí el agua no se puede verter. En lugar de eso, flota en burbujas temblorosas que podrían meterse en las máquinas de la estación. ¿Cómo iban a beber sus plantas?
Durante días, Kiri dibujó ideas en su cuaderno. Algunas pesaban demasiado. Otras lo ensuciaban todo. Entonces, una tarde, vio a su hermano pequeño meter la punta de una toalla en la tina. Poco a poco, el agua fue subiendo por la toalla ella sola. Kiri se levantó tan rápido que tiró la silla. —¡Eso es! —gritó.
Construyó un prototipo, es decir, un primer modelo de prueba, con tiras de fieltro. Un extremo de cada tira estaba dentro de una bolsa de agua cerrada, y el otro tocaba la tierra. El fieltro subía el agua hasta las raíces, despacito, sin que se escapara ni una gota.
El día del concurso, la lechuga de Kiri tenía cuatro hojitas verdes. No ganó el primer premio: lo ganó un niño que había diseñado un vehículo lunar. Pero una de las juezas, una ingeniera de verdad, le preguntó si podía tomar fotos de las tiras de fieltro. —Esto es pensar de forma sencilla e inteligente —dijo la ingeniera—. Es justo lo que necesitamos allá arriba.
En el autobús de regreso a casa, Kiri ya estaba dibujando su siguiente diseño: un huerto de jitomates.