Cartas para el señor Virtanen
En el piso del otro lado del patio, frente a la casa de Aino, vivía un señor mayor llamado Virtanen. Todas las tardes se sentaba junto a la ventana, y todas las tardes Aino lo saludaba al volver del colegio, en Helsinki (Finlandia). Él siempre le devolvía el saludo, pero nunca salía.
—¿Tiene amigos? —le preguntó Aino a su madre una tarde de nieve.
—Su familia vive muy lejos —dijo su madre—. Creo que el invierno se le hace largo.
Aino pensó en eso toda la noche. Al día siguiente escribió una carta con su mejor letra. Le contó al señor Virtanen cosas de su colegio, de su gata Pulla y del fuerte de nieve que había construido. Dibujó a Pulla con una bufanda. Luego metió la carta en su buzón.
Durante tres días no pasó nada. Aino empezó a pensar que había hecho una tontería.
Al cuarto día, había un sobre en su propio buzón. Dentro había una carta escrita con letra temblorosa y cuidadosa, y un pequeño dibujo a lápiz de un velero.
«Querida Aino —decía—: gracias por tu carta tan bonita. Pulla está muy elegante con su bufanda. Cuando era joven, fui marinero. He visto icebergs, ballenas y auroras boreales sobre el mar. ¿Te gustaría que te lo contara?».
¡Claro que le gustaría! Durante todo el invierno se escribieron. Él le contaba tormentas y puertos; ella, dictados y partidos de fútbol. Él le enseñó a dibujar barcos, y ella le enseñó a doblar grullas de papel.
Llegó la primavera y la nieve se derritió. Un sábado soleado, el señor Virtanen bajó al patio por primera vez en meses. Llevaba en las manos un barquito de madera que había tallado él mismo.
—Para mi amiga por carta —dijo. A Aino le pareció el mejor regalo que le habían hecho nunca.