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En el desierto de Atacama, en el norte de Chile, casi nunca llueve y el sol brilla casi todos los días. —Tanto sol —dijo la profesora de ciencias, la profe Rocío— y casi no lo usamos. Esta semana, su desafío es cocinar el almuerzo usando solo el sol.
Javiera y su mejor amigo, Tomás, se miraron. ¿Cocinar sin estufa? ¿Sin fuego? En casa juntaron una caja de cartón grande, papel aluminio, papel negro, una lámina de plástico transparente y mucha cinta. La mamá de Javiera les prestó una bandeja vieja del horno.
Primero forraron el interior de la caja con papel negro. —Los colores oscuros absorben el calor —dijo Tomás, acordándose de la clase. Después cubrieron la tapa con papel aluminio brillante y la dejaron abierta para que rebotara más luz del sol dentro de la caja. Al final estiraron el plástico transparente sobre la abertura, como una ventana, para que el calor entrara pero no se escapara fácilmente.
Su primera prueba fue un desastre. Pusieron adentro una rebanada de pan con queso, pero sin darse cuenta habían dejado el horno a la sombra de una pared. Después de una hora, el queso seguía frío. Movieron la caja a pleno sol e inclinaron el aluminio hasta que brilló dentro. Veinte minutos después, el queso burbujeaba.
El viernes, el curso hizo una feria de cocina solar en el patio del colegio. Había sándwiches de queso derretido, rodajas de manzana tibias con canela y hasta una bandeja de galletas suavecitas, todo cocinado con luz del sol.
La profe Rocío probó el sándwich tostado de Javiera y Tomás y cerró los ojos. —Delicioso —dijo—. Y no gastó ni una gota de combustible.
Colorea el círculo de la respuesta correcta.