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Nivi vivía en un pueblito de la costa de Groenlandia, donde las noches de invierno eran largas y las estrellas parecían tan cerca que casi se podían tocar. Una noche, su abuela, Aanaa, tocó a la puerta de su cuarto. —Ponte tu abrigo más calientito —le dijo—. Esta noche el cielo va a bailar.
Afuera, la nieve crujía bajo sus botas y el aliento de Nivi formaba nubecitas. Caminaron hasta la orilla de la bahía congelada, lejos de las luces de la calle, y miraron hacia arriba.
Al principio solo había una mancha verde pálido sobre las montañas. Luego empezó a moverse. Se estiró como una cinta larga, ondeó como una cortina al viento y titiló con destellos rosados y violetas. Todo el cielo resplandecía.
—¿Qué lo produce, Aanaa? —susurró Nivi.
—El sol siempre está lanzando partículas diminutas e invisibles —dijo Aanaa—. Cuando llegan a la Tierra, son atraídas hacia el extremo norte y el extremo sur. Muy arriba, chocan con el aire y lo hacen brillar, como se enciende un letrero de neón cuando pasa la electricidad.
Nivi trató de imaginar las partículas viajando desde el sol. —Entonces el sol nos ilumina incluso de noche —dijo. Aanaa se rio. —En cierto modo, sí.
Se quedaron juntas hasta que a Nivi se le entumieron los dedos de los pies. En casa, Aanaa preparó chocolate caliente, y Nivi dibujó las luces con todos los crayones verdes y morados que tenía. Debajo del dibujo escribió el nombre que Aanaa le había enseñado: aurora.
Esa noche se durmió mirando hacia la ventana, por si al cielo se le ocurría volver a bailar.
Colorea el círculo de la respuesta correcta.