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A Bia le encantaba el fútbol más que nada en el mundo. Todas las tardes jugaba en la cancha de arena cerca de su casa, en Salvador, Brasil. Era la portera de su equipo, los Loros Azules.
El día del gran partido, Bia sentía la panza llena de mariposas. —¿Y si no atajo ni una pelota? —le susurró a su entrenador, Tio Rafa.
Tio Rafa se agachó a su lado. —Estar nerviosa quiere decir que te importa —le dijo—. Respira hondo tres veces, mira la pelota y haz lo mejor que puedas. Eso es todo lo que te pedimos.
Empezó el partido. El otro equipo, las Tortugas Verdes, era muy rápido. Su delantera pateó la pelota con fuerza hacia la esquina del arco. Bia respiró, no le quitó los ojos de encima a la pelota… ¡y saltó! La atrapó con las dos manos. El público gritó de alegría y la mamá de Bia agitó una bandera azul.
Al final, el partido terminó empatado: un gol cada equipo. Nadie ganó, pero los dos equipos se dieron la mano y compartieron rebanadas de sandía bajo un gran árbol de mango.
—Hoy fuiste valiente —dijo Tio Rafa. Bia sonrió de oreja a oreja. —Las mariposas seguían ahí —dijo—. ¡Pero hoy volaron conmigo!
Colorea el círculo de la respuesta correcta.