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La mamá de Freya, Ingrid, era rescatista de montaña, y su compañera era una perra grande y peluda llamada Tundra. El trabajo de Tundra era encontrar a personas perdidas o heridas en las laderas nevadas. Con su nariz poderosa, podía oler a una persona incluso debajo de la nieve.
Un fin de semana de invierno, Freya se quedó con su mamá en el refugio de rescate, en lo alto de las montañas. A Freya le encantaba el refugio, con su estufa calientita y mapas en todas las paredes. Pero no le gustaba la gran radio del escritorio. Cuando chisporroteaba, se le encogía el estómago. Hablar con desconocidos, aunque fuera por radio, la ponía ansiosa.
Esa tarde llegó un aviso. Una esquiadora se había caído cerca del lago congelado y no podía caminar. Ingrid le puso a Tundra su chaleco naranja. —Quédate junto a la radio, Freya —le dijo—. Si llama el helicóptero, diles dónde estamos. Y desaparecieron entre las colinas blancas.
Freya esperó. El reloj hacía tictac. De repente, la radio chisporroteó. —Refugio de rescate, aquí el helicóptero. ¿Dónde está el equipo? A Freya le temblaban las manos. Quería esconderse debajo del escritorio. Entonces recordó que Tundra siempre seguía adelante, incluso en la nieve profunda.
Freya tomó la radio y apretó el botón. —Aquí el refugio de rescate —dijo. Al principio le temblaba la voz—. El equipo está en el lago congelado, del lado norte. Miró el mapa y añadió—: Al lado de las tres rocas altas.
—Gracias, refugio. Buen trabajo —dijo el piloto.
Esa noche, la esquiadora estaba a salvo en el hospital, con un tobillo roto. Tundra roncaba junto a la estufa. Ingrid abrazó fuerte a Freya. —Hoy ayudaste a salvar a alguien —le dijo. Freya sonrió. La próxima vez que la radio chisporroteara, pensó, a lo mejor ella sería la primera en contestar.
Cada clase de la escuela de Hana, en Osaka (Japón), cuidaba un pequeño huerto. La clase de Hana cultivaba tomates, pepinos y boniatos. Pero había un problema: llegaban las vacaciones de verano y durante dos semanas no habría nadie en la escuela para regar las plantas.
—Los tomates se van a secar —dijo Kenji, el amigo de Hana, desanimado—. Todo nuestro trabajo no habrá servido para nada.
Su maestra, la señora Mori, sonrió. —Entonces pensemos como ingenieros. ¿Qué necesitan las plantas y cómo podemos dárselo mientras no estamos?
La clase tuvo muchas ideas. Alguien propuso pedírselo al conserje, pero él también se iba de vacaciones. Otro propuso un paraguas gigante para tapar el sol, pero las plantas necesitan la luz del sol para crecer.
Hana pensó en las botellas de plástico vacías del contenedor de reciclaje. —¿Y si cada planta tuviera su propia botella de agua? —dijo—. Si hacemos un agujerito en el tapón y clavamos la botella boca abajo en la tierra, el agua saldrá gota a gota, muy despacio.
A Kenji se le iluminó la cara. —Pero si el agujero es muy grande, el agua se acabará en un día. ¡Tenemos que probarlo!
Durante la semana siguiente, la clase hizo experimentos. Hicieron agujeros con un clavo grueso, con un clavo fino y con un alfiler. Cronometraron cuánto tardaba en vaciarse cada botella. El agujero del alfiler era demasiado lento y el del clavo grueso, demasiado rápido. El del clavo fino era perfecto: una botella grande duraba unos cuatro días.
—Entonces cada planta necesita dos botellas para aguantar una semana —calculó Kenji. Las familias se turnaron para ir una vez por semana a rellenarlas.
Cuando volvieron a clase, los tomates estaban rojos y maduros, y los pepinos eran más largos que la mano de Kenji. La señora Mori colgó un cartel en la puerta del huerto: «Diseñado por los ingenieros de 4.º».